MÁRTIRES O VENCEDORES

Hay momentos en la historia en los que un pueblo no solo se ve obligado a resistir, sino también a pensar cómo resiste. No basta el coraje; hace falta discernimiento. No basta la indignación; hace falta estrategia. Y quizá esa sea, precisamente, la discusión de fondo que hoy atraviesa a la conciencia revolucionaria venezolana tras los hechos ocurridos antes, durante y después del 3 de enero de 2026.
He pasado días, semanas, incluso meses, tratando de ordenar mis ideas en torno a ese acontecimiento traumático: la invasión y el secuestro del presidente Nicolás Maduro Moros. Lo he intentado desde la rabia y desde la serenidad; desde la herida abierta y desde la necesidad de entender. Y si algo he comprendido en ese ejercicio, es que las diferencias que hoy emergen dentro del campo revolucionario no nacen, en lo esencial, de una traición al proceso, sino de una pregunta mucho más incómoda y profunda: ¿cómo se defiende una revolución cuando el enemigo posee una superioridad aplastante y, aun así, no se le puede conceder la victoria moral?
La disyuntiva parece brutal, casi trágica: resistir hasta el martirio o replegarse para seguir combatiendo otro día. A primera vista, ambas opciones podrían parecer irreconciliables. Pero tal vez no lo sean tanto. Tal vez expresen, más bien, dos pulsiones legítimas de una misma voluntad histórica: la de no entregar el país, la de no renunciar a la soberanía, la de no dejar morir el proceso bolivariano bajo la bota ajena ni bajo la resignación propia.
La soberanía no es una consigna: es una condición de existencia
Para una parte importante del chavismo, la resistencia frente a una intervención externa no es una posibilidad entre otras, sino una obligación política, constitucional y moral. No se trata solo de defender un gobierno o a sus dirigentes; se trata de defender la continuidad misma de la nación como sujeto político.
Toda intervención extranjera quebranta el derecho internacional, vulnera la autodeterminación de los pueblos y convierte la fuerza en norma. Aceptarla sin resistencia equivaldría a reconocer que la soberanía es negociable, que un país puede ser disciplinado desde fuera y que el destino colectivo puede quedar a merced de intereses imperiales. Esa idea, para cualquier proyecto de emancipación, es intolerable.
Pero el problema no termina allí. En el imaginario bolivariano, la caída del liderazgo bajo coacción extranjera no significaría únicamente un relevo en la administración del poder. Significaría algo más profundo: la demolición simbólica del ciclo histórico inaugurado por Chávez, la reversión de sus conquistas sociales y la instalación de una lógica de subordinación neocolonial. Lo que estaría en juego, entonces, no es solo una presidencia, sino una memoria, una promesa y una arquitectura entera de sentido político.
Esa es la razón por la cual muchos insisten, con razón, en que resistir no es una terquedad romántica, sino una exigencia histórica.
Pero la dignidad también debe pensar en el costo
Ahora bien, la legitimidad de la resistencia no elimina una verdad incómoda: no toda resistencia frontal es necesariamente inteligente. Hay ocasiones en las que el heroísmo, si no está acompañado por cálculo estratégico, puede degenerar en sacrificio estéril.
Venezuela no enfrenta a un adversario convencional. En una confrontación militar directa con una superpotencia, la asimetría tecnológica, logística y operativa es abismal. Lo saben los estrategas, lo saben los militares y lo sabe cualquiera que no confunda el valor con la improvisación. En ese tipo de escenario, una respuesta clásica no conduciría a una victoria, sino a una devastación.
Sin embargo, tampoco se trata de un tablero simple. La doctrina de defensa venezolana no ha sido concebida para una guerra de paridad, sino para una guerra de desgaste, una guerra prolongada, una guerra de resistencia popular. La Fuerza Armada Nacional Bolivariana, junto con la Milicia y las estructuras territoriales de base, no se preparó para un duelo simétrico de poder de fuego, sino para hacer inviable una ocupación limpia, rápida y políticamente rentable.
En ciudades como Caracas, con su geografía quebrada, su densidad social y su compleja trama urbana, cualquier operación invasiva habría significado un costo humano espantoso. No solo para el país agredido, sino también para quien pretendiera administrarlo desde la fuerza. Allí aparece uno de los grandes dilemas de nuestro tiempo: una invasión puede ser militarmente posible y políticamente insoportable al mismo tiempo.
Además, la historia ofrece una lección conocida: cuando una amenaza externa se vuelve visible, incluso sociedades tensionadas internamente tienden a cerrar filas en torno a sus símbolos de continuidad. La agresión exterior, paradójicamente, puede fortalecer al liderazgo que busca derribar. De allí que una invasión no solo fracture regiones y organismos multilaterales; también reordena afectos, reactiva identidades y reconfigura legitimidades.
Por eso la resistencia sigue siendo una opción real. Pero por eso mismo también surge otra pregunta decisiva: si resistir es necesario, cómo hacerlo sin precipitar la aniquilación total.
La diplomacia como campo de batalla
Aquí aparece una idea que muchos rechazan por instinto y que, sin embargo, merece ser pensada con más rigor: la llamada diplomacia de paz.
En contextos de inferioridad militar extrema, abrir un frente diplomático no necesariamente implica capitulación. A veces significa algo mucho más austero y más urgente: ganar tiempo. Y en política, como en la guerra, el tiempo puede ser la forma más concreta del poder.
Ganar tiempo para reorganizar la cadena de mando.
Ganar tiempo para impedir una segunda fase de ataques.
Ganar tiempo para recomponer lealtades, asegurar territorios, reactivar redes, evaluar daños, reconstruir capacidad de respuesta.
La diplomacia, en ese sentido, no equivale obligatoriamente a rendirse; puede funcionar como una maniobra de flanqueo. Si el terreno militar está momentáneamente perdido, el conflicto puede desplazarse al terreno jurídico, narrativo y geopolítico, donde la soberanía todavía conserva fuerza como principio de legitimidad.
Una diplomacia eficaz podría elevar el costo internacional de la intervención, denunciar la violación de la Carta de la ONU, activar aliados, incomodar a los actores externos y erosionar incluso el consenso interno del país agresor. Ningún imperio es completamente inmune a la presión política cuando su violencia deja de parecer inevitable y empieza a parecer desproporcionada.
Desde esta perspectiva, la paz no sería una ingenuidad ni un abandono de principios, sino una técnica de supervivencia. Un recurso para impedir que la correlación de fuerzas se cierre definitivamente en favor del agresor.
La pregunta, claro está, no es si negociar es hermoso. La pregunta es si, en ciertas circunstancias, negarse a negociar puede equivaler a regalarle al enemigo una victoria inmediata.
La historia de las revoluciones no avanza en línea recta
Las revoluciones, cuando sobreviven, rara vez lo hacen por pureza intacta. Suelen hacerlo por una combinación dolorosa de firmeza en los fines y flexibilidad en los medios.
Lenin lo entendió en 1918, cuando firmó el Tratado de Brest-Litovsk y cedió enormes territorios al imperio alemán. Para muchos fue una humillación insoportable. Para él, en cambio, fue un cálculo lúcido: si no compraba tiempo, la Revolución bolchevique moriría antes de consolidarse. Cedió espacio para salvar el núcleo.Stalin, con el pacto Molotov-Ribbentrop, también aceptó una decisión moralmente indigesta para aplazar una guerra inevitable. Mao, frente a la invasión japonesa, se alió con Chiang Kai-shek, su enemigo interno, porque había momentos en los que la contradicción principal exigía suspender, sin olvidar, otras contradicciones. Fidel, en el Período Especial, abrió zonas de la economía cubana al turismo y a la inversión extranjera para impedir el colapso de la isla. Chávez mismo, en 1992, condensó en su “por ahora” una filosofía completa del combate político: saber retroceder para no ser borrado.
La épica popular suele recordar las victorias. La historia seria, en cambio, sabe que muchas victorias se incubaron en decisiones desagradables, ambiguas, impopulares, incluso incomprendidas en su momento.
Hay, sin embargo, una diferencia crucial entre el repliegue táctico y la claudicación estratégica. No toda concesión es inteligencia. También existe la ingenuidad, esa forma de derrota que se disfraza de pragmatismo.
Gadafi creyó que podía desactivar la agresión cediendo recursos y moderando su posición. No entendió que ciertos poderes no buscan solo petróleo ni obediencia administrativa: buscan neutralizar toda posibilidad de autonomía. Saddam Hussein aprendió tarde que la utilidad para el imperio dura exactamente hasta que uno deja de ser útil. La lección es brutal, pero clara: quien entrega sin reorganizarse, quien negocia sin fortalecer sus defensas, quien confunde pausa con salvación, termina desarmado frente a su verdugo.
Por eso el verdadero problema no es la negociación en sí, sino qué se hace con el tiempo que esa negociación compra.
El centro del debate no es moral, sino estratégico
A estas alturas, la discusión ya no debería reducirse a un intercambio de acusaciones entre “traidores” y “radicales”. Ese lenguaje empobrece la inteligencia colectiva. La verdadera discusión es otra: si el repliegue actual está siendo utilizado para preservar las estructuras fundamentales de resistencia o si, por el contrario, está derivando en desmovilización, concesión permanente y pérdida del horizonte histórico.
Esa es la línea roja.
Lo esencial no son únicamente los recursos materiales, aunque importan. Lo esencial son las estructuras internas que todavía hacen posible una resistencia nacional: el tejido militar, las milicias populares, las comunas, el poder popular organizado, la conciencia política de base. Si eso se conserva y se fortalece, aún existe futuro. Si eso se degrada, cualquier aparente estabilidad será apenas la antesala de una derrota más profunda.
En ese contexto deben leerse muchas decisiones recientes, incluidas las relacionadas con el sector petrolero, la gobernabilidad y la interlocución internacional. Algunas pueden responder a necesidades reales de supervivencia económica bajo bloqueo. Otras podrían ser el inicio de una pendiente peligrosa. No conviene simplificar. Conviene observar con serenidad y con rigor.
Delcy Rodríguez ha quedado en el centro de esa tensión. Para algunos representa una administradora de la cesión; para otros, una figura obligada a cargar con el costo público de una maniobra defensiva que todavía no revela todas sus cartas. No creo que el juicio deba hacerse desde la ansiedad inmediata. La historia suele ser menos sentimental y más severa: no juzga intenciones, juzga resultados.
¿Quién tiene razón?
Tal vez la respuesta más honesta sea esta: ambos sectores tocan una verdad parcial.
Tienen razón quienes denuncian el riesgo de una rendición. Toda revolución necesita voces que incomoden, que adviertan, que mantengan despierta la conciencia crítica. Sin ese contrapeso, cualquier liderazgo corre el riesgo de justificar demasiado, ceder demasiado, acostumbrarse demasiado a lo excepcional.
Pero también tienen razón quienes leen la correlación de fuerzas con sobriedad y comprenden que el heroísmo abstracto puede ser políticamente suicida. Cuando la superioridad militar del adversario es abrumadora y los aliados externos no van a arriesgar una guerra mayor para defenderte, insistir en la pureza de un gesto puede terminar destruyendo aquello que se quería salvar.
La cuestión no es, entonces, escoger entre valentía y cálculo. La cuestión es alcanzar una síntesis superior entre ambas cosas.
Lo que no podemos permitirnos
Lo peor que podría ocurrir ahora sería repetir la vieja tragedia de los procesos sitiados: que el enemigo no necesite destruirnos desde fuera porque logre que nos destrocemos por dentro.
Dividirse hasta el odio, absolutizar las diferencias tácticas, convertir toda crítica en traición y toda cautela en cobardía es hacerle el trabajo a quien apuesta precisamente por nuestra fragmentación. La historia latinoamericana está llena de derrotas nacidas menos de la fuerza del invasor que de la incapacidad de los agredidos para sostener una unidad crítica.
Unidad no significa silencio.
Autocrítica no significa demolición.
Disciplina no significa obediencia ciega.
Y estrategia no significa renuncia.
Venezuela necesita, quizá más que nunca, una inteligencia política capaz de sostener simultáneamente varias tareas: defender la unidad, permitir la crítica, reorganizar la defensa, corregir errores, fortalecer el poder popular, evitar las ilusiones geopolíticas y recordar que ningún proceso histórico se salva esperando milagros ajenos.
Al final, todo vuelve a la misma palabra: tiempo.
El tiempo que se pierde es derrota.
El tiempo que se compra y no se usa es autoengaño.
Pero el tiempo que se gana para reorganizarse, aprender, resistir y preparar una respuesta más lúcida puede convertirse en una forma superior de combate.
De eso depende, en buena medida, la diferencia entre los mártires y los vencedores.
Y en horas como esta, cuando la pasión amenaza con devorar la lucidez, conviene volver a una frase de Camilo Torres, tan sencilla como exigente:
“Insistamos en lo que nos une, prescindamos de lo que nos separa.”

