SOBRE EL TIEMPO Y LA FELICIDAD

MI CONFESIONARIO.

No sé si soy el único — ¡ojalá no! —, pero son incontables las noches en que, tras la dulce o amarga agitación del día, el silencio y la calma de la oscuridad doy la bienvenida a una cita ineludible: la conversación con mi otro “yo”.

En ese íntimo confesionario, mientras el mundo exterior se rinde al sueño, soy convocado a hacer un balance honesto. Es el instante en el que mi versión más sabía (o quizás la más sarcástica, según el día) me sienta a debatir: ¿Tiene todo esto un sentido? ¿Lo que he hecho hoy me acerca a la felicidad? ¿Sé realmente a dónde voy, o solo estoy siguiendo el mapa que me entregaron? Es una exploración tierna y profunda sobre el propósito, la vertiginosa velocidad con la que el tiempo se esfuma, y las cosas que, de verdad, son trascendentes.

Este es también el sagrado momento donde se hacen presentes los seres queridos, como si el telón de la noche los convocara: los que nos rodean y nos dan luz, y aquellos amores que, aunque ausentes, siguen latiendo en la memoria. Es un espacio interior donde no existe el autoengaño; solo tu almohada y tú, cómplices silenciosos, que conocen la verdad desnuda. Es ahí, en la quietud de unos minutos o a lo largo de varias noches, donde se restablece el rumbo y se toman las grandes decisiones del alma.

El tiempo actúa como un curador global. En ocasiones, solo al transcurrir la vida, comprendemos la importancia de lo que tuvimos y cómo se nos escapó de las manos. Los momentos que vivimos en el presente nos enseña que la existencia es un recorrido, con un comienzo, un desarrollo y un final.

SOBRE EL TIEMPO Y LA FELICIDAD

EL TESTIGO IMPERTURBABLE

Medito sobre el tiempo, ese amigo implacable e imperturbable que avanza a su propio ritmo, segundo a segundo, sin pedir permiso. Lo tratamos como si hubiéramos comprado una suscripción ilimitada, ignorando que se está agotando desde el primer instante. ¡Qué ironía!


Mi admirado amigo, el filósofo cordobés Séneca, lo resumía con una desgarradora y brillante sinceridad en su ensayo Sobre la brevedad de la vida: «Tú no tienes tiempo para nada y la vida corre; entretanto llega la muerte y para ella, quieras o no quieras, vas a tener todo el tiempo del mundo».


A pesar de que el ser humano no cesa de quejarse de la corta duración de la vida, Séneca nos recuerda que el tiempo del que disponemos es más que suficiente si sabemos cómo aprovecharlo. La clave no es caer en la hiperactividad ansiosa ni en la pereza, sino en una serena aceptación de nuestra mortalidad que nos permita administrar positivamente este precioso espacio llamado existencia. Lamentarse no sirve de nada, porque el tiempo seguirá fluyendo sin remedio. La reflexión nocturna es magnífica, pero solo si viene seguida de la acción diurna. Lo crucial es priorizar, darnos cuenta de lo que importa y negarnos el permiso de amargarnos por menudencias.


Las Estrellas de la Sencillez.


La verdadera felicidad reside en las cosas sencillas, esas que debemos aprender a valorar con la ternura de un niño. Son como esas estrellas que chispean en las noches despejadas: siempre están ahí, rodeándonos, ofreciéndonos su magia sutil. Sin embargo, en la prisa, no siempre nos detenemos a mirarlas ni recordamos que existen.

La sencillez es, ante todo, una actitud mental y una virtud (¡ojo!, no confundir con la simpleza, que es sosa y vacía). La sencillez reside en transitar la vida con el equipaje justo y necesario, y el único objetivo de disfrutar plenamente de lo que hacemos. Es el acto de bajarse del carro de la ansiedad, de dejar de vivir para complacer a un público invisible, y de entender que la incertidumbre no es más que nuestra mente viajando más deprisa que nuestra propia vida. Nunca permitas que esa prisa mental controle tus sentimientos y tus pensamientos.

LA BRÚJULA DEL ALMA.

Está claro que este es un tema recurrente y profundamente personal, pero hay una verdad que nos une: es maravilloso encontrar el sentido de nuestra vida. Cuando somos conscientes de ello, cada acto y cada decisión se revisten de Amor, el sentimiento más hermoso y la energía que, sin duda, mueve el Cosmos.

VIVIR SIN SENTIDO NO ES VIVIR.

Alguien me preguntó una vez: «¿Cuál es tu razón de vida y qué es lo que quieres de ella?». Una cuestión bastante compleja  para responder, pues son diametralmente distintas. Podemos desear un coche, una casa o una familia, pero esas son cosas que quieres conseguir en la vida, no la razón por la cual vives.

La mayoría piensa constantemente en el qué quiere para hoy o dentro de diez años, pero jamás se detiene a pensar en el sentido de su existencia. Y para ser honestos, nuestra sociedad no nos anima a ello, sino que nos pone a disposición una cantidad ridícula de distracciones para que nunca tengamos que enfrentarnos a esa pregunta. ¡Menudo truco!

Necesitamos una razón de vida, una filosofía personal, porque sin ella corremos el riesgo de, a pesar de tener una vida ocupada y llena de ‘diversión’, mirar atrás un día y descubrir que hemos desperdiciado nuestra única oportunidad para vivir, para reír y para amar de verdad.

El corazón, tristemente, no muere cuando deja de latir. El corazón muere cuando sus latidos dejan de tener sentido en tu vida. Debemos abrir los ojos y darnos cuenta de lo maravilloso que significa estar vivos; la misión no es sobrevivir, sino vivir.

EL ÚLTIMO BAILE.

Probablemente, estarás pensando: Se supone que estar vivo ya implica vivir. Pero no siempre es así. Hay muchas personas que, aunque respiran, parecen «muertos en vida»; se quedan satisfechas con lo que tienen y no miran más allá, sin cuestionarse el sentido de su existencia.

Detente un momento a pensar… ¿Qué pasaría si un ser superior te dijera que solo tienes una oportunidad de vida? ¿La dejarías pasar sin disfrutarla? ¿Te has dado cuenta del enorme sentido que tiene tu vida ahora?

«Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo.» (Oscar Wilde).

Seguro has oído la frase: “Vive como si fuera el último día”. Más que una reflexión fatalista (¡que quede claro!), es una invitación urgente y amorosa. ¿Te has puesto a pensar qué harías si este fuera realmente el final? ¿Con quién querrías estar? ¿Qué te gustaría decir?

Si descubres que correrías a decirle a alguien que lo amas, que por fin pedirías perdón a tus padres, hij@, pareja, incluso a un viejo amig@, o que pasarías el día abrazando al amor de tu vida y jugando con tus hijos… ¿A qué esperas? No hace falta que caiga un meteorito.

Esa sensación de inmortalidad, la que nos hace decir «Ya le diré que estoy enamorada», «Ya tendré tiempo para pedirle perdón» o «Ya pasaré un día entero con mi pareja», es la única responsable de que las cosas buenas se queden siempre para mañana. ¿Y si ese mañana nunca llega?

No se trata de ser pesimista, sino de pensar con la perspectiva de lo valioso.

Por ello, en lugar de simplemente «existir», dedícate a vivir. No permitas que la vida pase tan rápido como un tren expreso que no se detiene en ninguna estación. Mejor anda sin prisa, con pausas conscientes, admirando el paisaje: los regalos que te brinda la vida, las maravillas de este planeta, el amor de tus seres queridos, la felicidad de hacer lo que verdaderamente te gusta.

No te descuides pensando que tienes mil años para tachar tu lista de pendientes, pero tampoco creas que dejarás de existir hoy.

La clave, mi querido lector, es vivir hoy con la intensidad del último día, y la calma de quien sabe que mañana es una nueva oportunidad para amar.

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