
A veces, la mente se escapa y aterriza en el pasado. No es que deseemos cambiar un solo punto en el mapa de nuestra historia, ¡sería un desastre logístico y emocional! Más bien, anhelamos revivir esos momentos únicos y absolutamente felices, esos sorbos de instantes que nos recuerdan de qué está hecha realmente la vida. Son pinceladas de días, horas o minutos que nos permitieron reencontrarnos con la alegría pura y que, maravillosamente, dependen solo de nuestra actitud para ser atesorados.
Piensa en ello: la mayoría de los momentos más extraordinarios de nuestras vidas no son solitarios. Son pedacitos de magia compartida, complicidad tejida con personas que son, sencillamente, extraordinarias:
• Con conocidos de la infancia que aún saben cómo ponerte en aprietos, o nuevos aliados que sientes que conoces de otras vidas.
• Con nuestra familia que son nuestro puerto seguro y, a veces, somos el más cariñoso dolor de cabeza o viceversa.
• Con amores fugaces de un día o el amor inmutable de toda una vida.

Fueron, son y serán momentos felices. Agradecerlos no es solo un acto de justicia emocional, sino una fuente de fortaleza silenciosa para navegar los inevitables instantes difíciles. Son nuestro colchón emocional.
Si pudiéramos ver nuestra existencia a cámara lenta, fotograma a fotograma, el brillo especial de la alegría, el bienestar y ese equilibrio sutil donde la vida entra en perfecta armonía aparecerían una y otra vez. ¿Lamentarnos porque no son eternos? ¡Jamás! Lo único sensato y bello es agradecer con el alma haberlos experimentado.
Cierra los ojos un instante. Pídele a tu memoria que te dé un billete de primera clase a un momento feliz. En un parpadeo, estás ahí:
• Tal vez en una travesura de infancia con tus compañeros (¡esa vez que casi incendian algo!).
• Quizás jugando en la calle, con risas, gritos y esas caídas que antes dolían, pero ahora provocan una sonrisa nostálgica.
• O a lo mejor te ves con tu abuela, escuchando sus historias mientras te regaña con el cariño de quien sabe que estás creciendo demasiado rápido.
La memoria tiene una predilección especial por la infancia, sí, pero la felicidad también se disfraza de primera caricia bajo la mesa, de un beso robado, de un despertar en pareja sobre la misma almohada, o de aquel viaje legendario cuajado de anécdotas donde descubriste que tu sentido de la orientación es, digamos, «creativo».
Hemos olvidado que la felicidad, en realidad, se compone de fragmentos, preciosos retazos de tiempos que van y vienen, «como pompas de jabón», como cantó Joan Manuel Serrat. Son relucientes, estallan y desaparecen. Pero, y aquí está la magia, nos dejan esa sonrisa satisfecha en el rostro, ese hálito de ilusión que nos permite evocar el recuerdo para, solo por un momento, sentirnos niños de nuevo.
¿Será que a medida que crecemos, nos olvidamos de «ser felices» y comenzamos a conformarnos con «administrar la tristeza»? A veces nos adaptamos a lo que no nos hace feliz, como quien se calza un zapato a la fuerza, pensando que es su talla, y pronto descubre que es incapaz de caminar, de correr, de volar… ¡Un editor detectaría esa mala metáfora de inmediato!
La felicidad no duele. No debe oprimir, ni rozar, ni mucho menos quitarnos el aire. Al contrario, debe ser la que nos permita ser libres, ligeros y dueños de nuestro propio camino.
«La felicidad no está en el exterior, sino en el interior, de ahí que no dependa de lo que tengamos sino de lo que somos.»
— Pablo Neruda (Y el poeta siempre tiene razón).
Podríamos decir que una gran parte de nosotros nos adaptamos casi por inercia a rutinas que no nos hacen felices (o, volviendo al símil del calzado, que nos hacen ampollas permanentes). Vivimos en una rueda que nunca para de girar, mientras el mundo real, vibrante y risueño, acontece ahí abajo, ¡inaccesible!

El Cerebro y la Seguridad: De niños, nos sentíamos seguros cuando nuestros padres ataban nuestros zapatos con doble nudo y subían la cremallera del abrigo hasta la barbilla. A medida que envejecemos, esa necesidad de seguridad persiste. Por curioso que parezca, el más sensible a esta necesidad es nuestro cerebro primitivo. No le agradan los cambios ni los riesgos. Es él quien nos susurra: «Adáptate, aunque no seas feliz, porque la seguridad garantiza la supervivencia.»
El problema es que la adaptación no siempre rima con la felicidad. Hay quien mantiene el vínculo de pareja sin amor real, sin complicidad ni alegría auténtica. ¿El motivo? Escapar de la soledad. Se adaptan a la talla de un corazón que no es el suyo, por pánico a enfrentar el vacío.
Y entonces surge la melancolía. Es maravillosa para inspirar poemas, canciones, cuadros o para secar lágrimas… pero no reconstruye vidas. Solo es útil cuando te sacude y te incita a vivir el futuro. El final de un recorrido no es la tumba, sino un nuevo punto de partida. Tal vez con un par de «heridas de guerra» (¡y un sarcástico «gracias por la lección, vida!»), pero inevitablemente más maduro.
A lo largo de este caótico viaje, uno aprende:
• Que cuando crees tenerlo todo controlado, algo falta.
• Que los finales inacabados suelen ser los más bellos (porque en realidad son puntos y aparte).
• Que los errores acumulados no te convierten en un torpe, sino en alguien que busca una nueva oportunidad para demostrar la gran cantidad de cosas asimiladas.
• Que tu magia es única y que atreverse genera esa deliciosa adrenalina, mientras que la rutina es, sí, otra forma de morir.
Sin arriesgarse, no hay mariposas en el estómago. Y así es la vida: una sucesión de estados y vivencias. Eres una obra de arte esculpida a base de encuentros, desengaños, dudas, virtudes y defectos. Por eso eres, en ocasiones, irresistiblemente caótico, impredecible, pero sobre todo, ¡auténtico!
Claro, no siempre sentimos la magia. A veces estamos lúgubres, fuera de lugar, pesimistas y apáticos. Esto es normal; incluso el sol tiene sus días nublados. Estos momentos de baja energía existen para que sepas detectar si un nuevo vendaval de pura vida se acerca.
Si tienes miedo, abrígate de él. El miedo es la señal de que algo interesante está a punto de suceder. Y por favor, no mires el futuro con los mismos parámetros del pasado. ¡Tú ya no eres el mismo! Ese es el error de cálculo más común en la mirada:
“El error es mirar lo de ayer con ojos de hoy, querer que las cosas vuelvan a ser igual cuando tú ya no eres el mismo, como si se pudieran reciclar los suspiros o dar un mismo beso por segunda vez. Los mudos no gritan, los sordos no escucha la música, con las cinco letras que se escribe «tarde» no puedes escribir «ahora», el amor que fue, ese ya nunca vuelve.”
— Marwan (Un poeta que sabe mucho de reciclaje emocional).

¿Cómo vas a creer en cosas bellas si te refugias en el regazo confortable de la melancolía, negándole a tu alma la oportunidad de poner en práctica esa magia tuya con otras personas y en situaciones nuevas?
Esos momentos compartidos, engarzados con el hilo dorado de las emociones, la complicidad y el cariño, configuran una joya única en nuestra memoria. Es «vida vivida», son retazos de un yo que se sintió, y puede volver a sentirse, más pleno que nunca. El pasado es un hermoso álbum de fotos; el presente es donde se capturan las nuevas imágenes.
2 Comentarios on LA ETERNA DANZA DE LA FELICIDAD.
Una gran enseñanza me dejaron este gran escrito,lo ame
Excelente primo